"En el arte de escribir no hay nada escrito", lanzó el primero con cierta agresividad y seguridad en si mismo.
"Ciertamente", alardeó el segundo. No había en el universo dos gatos de semejante intelectualidad. Sus diálogos profundos y reflexivos hubiesen dejado absorto al mismísimo Platón, pero al este no existir más queda en manos de los pseudopensadores el juicio de estos dos cafeteros viejos.