De repente, sigiloso, hizo su entrada el gato contador. Se dieron cuenta por su traje y cierta actitud de distancia. Llevaba un maletín marrón claro, anteojos de marco ancho, que le daban el aire moderno del que carecía. Se acobachó en una de las mesas del café que siempre frecuentaba, se relamió los bigotes y esperó sentado que el mozo le sirviera "lo de siempre", un poco de leche y una porción de torta de manzana. No supimos muy bien porqué el mozo temblaba, ni porqué el gato guiñaba los ojos cada vez que este le decía algo....