27.7.09

Otra vez el gato contador. Entra como en su propia casa y se adueña de la mesa de allá. La del medio, que como está en el primer piso, tiene vista hacia la entrada principal del café. A este gato le gusta el control. Y esa posición se lo facilita. Es, al fin y al cabo, un gato-halcón.
Con un rápido movimiento desenfunda su calculadora tal como lo haría un agente secreto antes de entrar en una habitación vacía.
La escena se corona con el suspiro de la gata economista de la mesa de enfrente.



23.7.09

Ahí en el piso estaba tirada la última oportunidad perdida. Antojadiza y burlona nadie la vio volar, empaparse con la lluvia o aterrizar en ese recoveco. Esa noche un gato del Pasaje se entretuvo con ella un buen rato. La zarandeó entre sus patas como a una presa. Por suerte pasó una cucaracha que lo distrajo.
Hasta ese momento nadie se había percatado de la importancia del menospreciado insecto.

22.7.09

- Qué erudito que es, ¡pero cómo inventa! ¡Hay que ver cómo inventa!, dijo casi enojada la tía gata a su amiga, al tiempo que se le iba un ojo de paseo por una vidriera de las Galerías Pacífico
- ¿De quién me hablás?, respondió desorientada la otra
- ¡De Borges! Estoy leyendo un cuento y hay que ver lo que sabe, porque hay que reconocer que sabe y leyó mucho, ¡pero cómo inventa!

Es imposible transmitir con exactitud el tono agudo y los altibajos en la voz de la tía, y mucho menos aún intentar comprender el sentimiento gatuno que disparó contra la prodigiosa inventiva del eterno escritor.

21.7.09

-¡Jola, jola!, irrumpió en la reunión el gato locutor impostando el maullido.
-¡Jola,¡¿pero cómo estás?!, le respondió ella tratando de ser más correcta aún.
Las haches pronunciadas son una verdadera debilidad para los felinos radiohablantes. También lo son las erres que no abundan en los maullidos, pero se destacan en las propagandas de carburantes, en las carreras de automóviles y en los deportes en general.

"Qué raza tan curiosa" se le oyó insinuar a un gato antropólogo que vagaba por ahí al tiempo que arriesgó, "es interesante como esta especie valora más la forma que el fondo".

-¡Jasta luego!, dijo él engolando un poco el maullido
-¡Jasta pronto!, sonrió ella.

18.7.09

¿Desear que todos seamos burgueses, no es una forma de comunismo?, maulló luego de acicalarse un buen rato. Aha, asintió el otro. En algunos puntos no estaban en desacuerdo. La peor pobreza es la espiritual, concluyó el segundo mientras con su pata trataba de hojear el diario de ayer o de antes de ayer.

17.7.09

Mientras se entretenían mirando por la ventana a una paloma inalcanzable y tentadora, uno de ellos pensó que la mejor manera de llamar la atención del otro era zamparle un manotazo. Eso hizo. Sin medir las consecuencias, el siguiente zarpazo se estampó sobre su propio hocico. Es que los gatos parecen reflexivos, pero pocas veces dan marcha atrás en sus decisiones. Quedó aturtido y enojado.
¿Cómo no lo había pensado antes? ¿Eh?
Lamía sus patas:
Es tarde, de noche. Es invierno, hace frío. Qué buenos los caloventores y estufas, pensó.
Qué malo para el medio ambiente, se dijo. Pero qué mas puedo hacer, si hace frío.

Cuando lo arrastra la nostalgia el gato poeta se sube a alguna cama y comienza a ronronear.
¿Por qué será que las noches son dueñas de los recuerdos?, piensa.
Ahí se ve a la mano amiga, que apiadándose de él y le propicia algunas rascadas en el cuello o la barriga. En el acto se escapa un maullido:

Ah!, el placer de una noche de invierno.

16.7.09

Jueves a la tarde.
De repente, sigiloso, hizo su entrada el gato contador. Se dieron cuenta por su traje y cierta actitud de distancia. Llevaba un maletín marrón claro, anteojos de marco ancho, que le daban el aire moderno del que carecía. Se acobachó en una de las mesas del café que siempre frecuentaba, se relamió los bigotes y esperó sentado que el mozo le sirviera "lo de siempre", un poco de leche y una porción de torta de manzana. No supimos muy bien porqué el mozo temblaba, ni porqué el gato guiñaba los ojos cada vez que este le decía algo....

15.7.09

"En el arte de escribir no hay nada escrito", lanzó el primero con cierta agresividad y seguridad en si mismo. "Ciertamente", alardeó el segundo. No había en el universo dos gatos de semejante intelectualidad. Sus diálogos profundos y reflexivos hubiesen dejado absorto al mismísimo Platón, pero al este no existir más queda en manos de los pseudopensadores el juicio de estos dos cafeteros viejos.
Se conocieron en el rincón de una mesa vacía. Ambos agazapados. Estaban tan absortos con un ovillo que se había escurrido debajo de una silla que no se habían percatado de su mutua existencia. Más tarde que temprano lo hicieron. Y se lanzaron el uno sobre el otro.