25.9.09

"La responsabilidad de todo este barullo nació en Babel, déjeme decirle que si hay un lugar donde todo converge también es ahí. Y no es moco de pavo, es la pura realidad. Toda esta confusión no existiría. Y le digo responsabilidad porque mi psicólogo ya me explicó que no es lo mismo responsabilidad que culpa, que culpa tiene una carga negativa y que por esa razón es mejor hablar de responsabilidades, algo que uno debe asumir, pero no lo aplasta como la culpa. ¿Me entiende?

Por eso cuando salgo a la calle y veo tanta confusión, y escucho los diarios y veo la radio, y enciendo la tele -que no se si le comenté pero que por suerte y gracias a Dios ya cambié por un modelo mejor, como la heladera- veo todo ese palabrerío. Y si. Entonces me digo la culpa de todo es de los sumerios, para qué tenían ellos que empezar a abstraerse del mundo, ¿eh?, si estábamos tan bien. Ahora todos necesitan una explicación".

Esta mañana, como ya es habitual en los pórticos del Pasaje, el cuidador de canteros analizaba "su realidad" con la gata persa domiciliada en el 3A del número 1704.

30.8.09

Domingo a la tarde. El ajedréz es un juego de felinos pensantes. Matemáticos, precisos y pacientes. Que solo mueven una pieza luego de haber estudiado no solo el tablero sino la mente de su contrincante, que a esta altura se ha transformado en un pequeño país por conquistar. En esa visión descansa el atigrado europeo que se ha vuelto ejecutor del poder. Sus cualidades: frialdad y ambición inteligente. Nada es azaroso para él. Sus maullidos escazos, sus gestos medidos, su respiración pausada. Hasta la carraspera tiene un propósito.
Como si fuese un duelo de cuchilleros o una pulseada, los gatos del barrio disponen un círculo en torno a los rivales.
El gato de angora piensa que moverá el alfil cuando sea necesario, pero que por ahora solo arriesgará peones. El atigrado sabe de su cautela...lo espera. Se relame una pata, el lomo, su cola naranja y mira a todos con arrogancia.
De repente el caos. De las alturas de un balcón ignoto caen migas de pan, trozos de galletas, y una nube de polvo de rara composición que se deposita en medio de la jugada. Luego el remolino de alas ruidosas chocando entre sí. Las piezas derribadas. El desorden, el desquisio. Absortos los felinos presencian el imponderable universal. Una vez más la estadística ha ganado la partida.


10.8.09

Rocío estático, hojas tiesas, viento reverso. El Pasaje de Los Gatos no es un lugar fácil de hallar. Se encuentra suspendido en el tiempo.
Quienes viven allí intuyen la existencia de un universo paralelo, se preguntan si hay un más allá, y cuestionan el reinado de los gatos, pero como es lógico ellos no se dan por aludidos. Son los dioses. Manejan los ires y venires, los estados de ánimo de los vecinos y también a los perros. Es usual ver a niños de ojos negros caminándolo.
Hay quienes dicen que los niños y los gatos guardan un secreto. Que los niños de ojos negros son en realidad los dueños del tiempo y que sus testaferros son los gatos. Que los niños ven a través de sus ojos, espían la noche y que cuando no hay estrellas se puede ver el reflejo azul verdoso de sus sombras posarse en el aloe vera plantado en los canteros.

Una vuelta descubrieron a la tortuga escondida entre los matorrales de ortensias y se enteraron de que la vecina del tercer piso robaba broches a la del dieciseis. Vieron a dos extrangeros perdidos y a un hombre tratando de entrar a un departamento vacío en la oscuridad. Palparon al amor temprano y al imposible. Escucharon discusiones de domingo a la tarde. Olieron el alcohol y el perfume engañoso de la marihuana. Escucharon gritos. Lloraron la pérdida de un árbol, dos, tres y de una casa. No podían dejar de preguntarse porqué. Y aunque las crónicas destacan la generosidad de los vecinos del pasaje, no encontraron a nadie que responda estas preguntas infinitas.
A diez minutos del poniente cabalgaron un remolino de viento y de hojas secas, y más tarde vagaron por la noche.

7.8.09

El fastidio de madrugar en invierno no era nada comparado con la angustia que le producía ir al correo y verificar que la carta esperada aún no llegaba. Como todo felino enamorado se había transformado en un experto analizador de gestos, detalles, maullidos, olores, en definitiva: todo signo que pudiese revelar cualquier aspecto de su amada. Decidió poner fin a tanta ansiedad y recurrió como todos los gatos de aquel lugar al oráculo de La Esquina. La pitoniza no tardó en darle una pista que lo dejaría tan desorientado como antes, aunque un poco mejor.
-Enamorarse es un acto de voluntad- largó ella con discplicencia y frialdad.
El solo atinó a decir: Si, pero y la carta.... cuándo llega?

4.8.09

-¿Por qué se ríe? - preguntó con fastidio
-Me río para no morir una vez más
- Qué cosa tan ridícula
- No lo es. Fíjsese. He perdido cinco vidas; tres en peleas callejeras; dos cayendo del mismo árbol, y esta tercera será el destino, dijo mientras se descostillaba en el suelo
-Pero, ¿no le parece que debiera esperar la muerte de una manera más digna? - juzgó el primero
- No lo creo, estoy a gusto en este papel de bufón
- Entonces la suya será una versión edulcorada de la muerte real, será, la versión descremada, desnatada
-Será una versión de claque, grotesca, y no carente de cinismo
-Si usted lo dice,
-Considérelo un desafío - lo azuzó

Acto seguido se trenzaron en pelea de garras y dientes afilados. De gritos y saltos, de tumbos, sangre y orejas cortadas. Luego se oyó un maullido profundo y más tarde el silencio rompió en una risotada. Esa tarde el azar, la estadística, o dios en sus múltiples representaciones, no pudieron explicar por qué el gato que reía primero también reía último.

3.8.09

Hubo una idea que se desvaneció casi en el acto. Como si la tierra hubiese sacado una lengua y desde sus entrañas voraces se la hubiese tragado. No quedó rastro de ella. Había surgido a la medianoche mientras uno o dos gatos maullaban en el apareo previo a la primavera. Los inusitados maullidos, como el llanto de un bebé, lograron distraer la atención del pobre pensante que miraba desconcertado por la ventana, como queriendo recuperar aquello que fatalmente no volvería.

27.7.09

Otra vez el gato contador. Entra como en su propia casa y se adueña de la mesa de allá. La del medio, que como está en el primer piso, tiene vista hacia la entrada principal del café. A este gato le gusta el control. Y esa posición se lo facilita. Es, al fin y al cabo, un gato-halcón.
Con un rápido movimiento desenfunda su calculadora tal como lo haría un agente secreto antes de entrar en una habitación vacía.
La escena se corona con el suspiro de la gata economista de la mesa de enfrente.



23.7.09

Ahí en el piso estaba tirada la última oportunidad perdida. Antojadiza y burlona nadie la vio volar, empaparse con la lluvia o aterrizar en ese recoveco. Esa noche un gato del Pasaje se entretuvo con ella un buen rato. La zarandeó entre sus patas como a una presa. Por suerte pasó una cucaracha que lo distrajo.
Hasta ese momento nadie se había percatado de la importancia del menospreciado insecto.

22.7.09

- Qué erudito que es, ¡pero cómo inventa! ¡Hay que ver cómo inventa!, dijo casi enojada la tía gata a su amiga, al tiempo que se le iba un ojo de paseo por una vidriera de las Galerías Pacífico
- ¿De quién me hablás?, respondió desorientada la otra
- ¡De Borges! Estoy leyendo un cuento y hay que ver lo que sabe, porque hay que reconocer que sabe y leyó mucho, ¡pero cómo inventa!

Es imposible transmitir con exactitud el tono agudo y los altibajos en la voz de la tía, y mucho menos aún intentar comprender el sentimiento gatuno que disparó contra la prodigiosa inventiva del eterno escritor.

21.7.09

-¡Jola, jola!, irrumpió en la reunión el gato locutor impostando el maullido.
-¡Jola,¡¿pero cómo estás?!, le respondió ella tratando de ser más correcta aún.
Las haches pronunciadas son una verdadera debilidad para los felinos radiohablantes. También lo son las erres que no abundan en los maullidos, pero se destacan en las propagandas de carburantes, en las carreras de automóviles y en los deportes en general.

"Qué raza tan curiosa" se le oyó insinuar a un gato antropólogo que vagaba por ahí al tiempo que arriesgó, "es interesante como esta especie valora más la forma que el fondo".

-¡Jasta luego!, dijo él engolando un poco el maullido
-¡Jasta pronto!, sonrió ella.

18.7.09

¿Desear que todos seamos burgueses, no es una forma de comunismo?, maulló luego de acicalarse un buen rato. Aha, asintió el otro. En algunos puntos no estaban en desacuerdo. La peor pobreza es la espiritual, concluyó el segundo mientras con su pata trataba de hojear el diario de ayer o de antes de ayer.

17.7.09

Mientras se entretenían mirando por la ventana a una paloma inalcanzable y tentadora, uno de ellos pensó que la mejor manera de llamar la atención del otro era zamparle un manotazo. Eso hizo. Sin medir las consecuencias, el siguiente zarpazo se estampó sobre su propio hocico. Es que los gatos parecen reflexivos, pero pocas veces dan marcha atrás en sus decisiones. Quedó aturtido y enojado.
¿Cómo no lo había pensado antes? ¿Eh?
Lamía sus patas:
Es tarde, de noche. Es invierno, hace frío. Qué buenos los caloventores y estufas, pensó.
Qué malo para el medio ambiente, se dijo. Pero qué mas puedo hacer, si hace frío.

Cuando lo arrastra la nostalgia el gato poeta se sube a alguna cama y comienza a ronronear.
¿Por qué será que las noches son dueñas de los recuerdos?, piensa.
Ahí se ve a la mano amiga, que apiadándose de él y le propicia algunas rascadas en el cuello o la barriga. En el acto se escapa un maullido:

Ah!, el placer de una noche de invierno.

16.7.09

Jueves a la tarde.
De repente, sigiloso, hizo su entrada el gato contador. Se dieron cuenta por su traje y cierta actitud de distancia. Llevaba un maletín marrón claro, anteojos de marco ancho, que le daban el aire moderno del que carecía. Se acobachó en una de las mesas del café que siempre frecuentaba, se relamió los bigotes y esperó sentado que el mozo le sirviera "lo de siempre", un poco de leche y una porción de torta de manzana. No supimos muy bien porqué el mozo temblaba, ni porqué el gato guiñaba los ojos cada vez que este le decía algo....

15.7.09

"En el arte de escribir no hay nada escrito", lanzó el primero con cierta agresividad y seguridad en si mismo. "Ciertamente", alardeó el segundo. No había en el universo dos gatos de semejante intelectualidad. Sus diálogos profundos y reflexivos hubiesen dejado absorto al mismísimo Platón, pero al este no existir más queda en manos de los pseudopensadores el juicio de estos dos cafeteros viejos.
Se conocieron en el rincón de una mesa vacía. Ambos agazapados. Estaban tan absortos con un ovillo que se había escurrido debajo de una silla que no se habían percatado de su mutua existencia. Más tarde que temprano lo hicieron. Y se lanzaron el uno sobre el otro.