Mientras se entretenían mirando por la ventana a una paloma inalcanzable y tentadora, uno de ellos pensó que la mejor manera de llamar la atención del otro era zamparle un manotazo. Eso hizo. Sin medir las consecuencias, el siguiente zarpazo se estampó sobre su propio hocico. Es que los gatos parecen reflexivos, pero pocas veces dan marcha atrás en sus decisiones. Quedó aturtido y enojado.
¿Cómo no lo había pensado antes? ¿Eh?