30.3.10

Luego de aquel desaire, se empeñó en hacer visible al mundo su sonrisa fabricada y su armadura de metal brillante. Ensimismada y misteriosa se escondió de los gatos burlones que poco hubiesen comprendido la sensación de despojo. Hasta el maullido se había fugado de sí.
Alguien la había tocado y esa sensación que le erizó la piel, era masomenos la razón de su ahora.
No podía decidir entre olvidar esos segundos mágicos, que hubiese deseado duren para siempre,  o encontrar al dueño de la mano y repetir la historia (¡cómo si eso fuese posible!)