30.8.09

Domingo a la tarde. El ajedréz es un juego de felinos pensantes. Matemáticos, precisos y pacientes. Que solo mueven una pieza luego de haber estudiado no solo el tablero sino la mente de su contrincante, que a esta altura se ha transformado en un pequeño país por conquistar. En esa visión descansa el atigrado europeo que se ha vuelto ejecutor del poder. Sus cualidades: frialdad y ambición inteligente. Nada es azaroso para él. Sus maullidos escazos, sus gestos medidos, su respiración pausada. Hasta la carraspera tiene un propósito.
Como si fuese un duelo de cuchilleros o una pulseada, los gatos del barrio disponen un círculo en torno a los rivales.
El gato de angora piensa que moverá el alfil cuando sea necesario, pero que por ahora solo arriesgará peones. El atigrado sabe de su cautela...lo espera. Se relame una pata, el lomo, su cola naranja y mira a todos con arrogancia.
De repente el caos. De las alturas de un balcón ignoto caen migas de pan, trozos de galletas, y una nube de polvo de rara composición que se deposita en medio de la jugada. Luego el remolino de alas ruidosas chocando entre sí. Las piezas derribadas. El desorden, el desquisio. Absortos los felinos presencian el imponderable universal. Una vez más la estadística ha ganado la partida.