Como si fuese un duelo de cuchilleros o una pulseada, los gatos del barrio disponen un círculo en torno a los rivales.
El gato de angora piensa que moverá el alfil cuando sea necesario, pero que por ahora solo arriesgará peones. El atigrado sabe de su cautela...lo espera. Se relame una pata, el lomo, su cola naranja y mira a todos con arrogancia.
De repente el caos. De las alturas de un balcón ignoto caen migas de pan, trozos de galletas, y una nube de polvo de rara composición que se deposita en medio de la jugada. Luego el remolino de alas ruidosas chocando entre sí. Las piezas derribadas. El desorden, el desquisio. Absortos los felinos presencian el imponderable universal. Una vez más la estadística ha ganado la partida.