Rocío estático, hojas tiesas, viento reverso. El Pasaje de Los Gatos no es un lugar fácil de hallar. Se encuentra suspendido en el tiempo.
Quienes viven allí intuyen la existencia de un universo paralelo, se preguntan si hay un más allá, y cuestionan el reinado de los gatos, pero como es lógico ellos no se dan por aludidos. Son los dioses. Manejan los ires y venires, los estados de ánimo de los vecinos y también a los perros. Es usual ver a niños de ojos negros caminándolo.
Hay quienes dicen que los niños y los gatos guardan un secreto. Que los niños de ojos negros son en realidad los dueños del tiempo y que sus testaferros son los gatos. Que los niños ven a través de sus ojos, espían la noche y que cuando no hay estrellas se puede ver el reflejo azul verdoso de sus sombras posarse en el aloe vera plantado en los canteros.
Una vuelta descubrieron a la tortuga escondida entre los matorrales de ortensias y se enteraron de que la vecina del tercer piso robaba broches a la del dieciseis. Vieron a dos extrangeros perdidos y a un hombre tratando de entrar a un departamento vacío en la oscuridad. Palparon al amor temprano y al imposible. Escucharon discusiones de domingo a la tarde. Olieron el alcohol y el perfume engañoso de la marihuana. Escucharon gritos. Lloraron la pérdida de un árbol, dos, tres y de una casa. No podían dejar de preguntarse porqué. Y aunque las crónicas destacan la generosidad de los vecinos del pasaje, no encontraron a nadie que responda estas preguntas infinitas.
Una vuelta descubrieron a la tortuga escondida entre los matorrales de ortensias y se enteraron de que la vecina del tercer piso robaba broches a la del dieciseis. Vieron a dos extrangeros perdidos y a un hombre tratando de entrar a un departamento vacío en la oscuridad. Palparon al amor temprano y al imposible. Escucharon discusiones de domingo a la tarde. Olieron el alcohol y el perfume engañoso de la marihuana. Escucharon gritos. Lloraron la pérdida de un árbol, dos, tres y de una casa. No podían dejar de preguntarse porqué. Y aunque las crónicas destacan la generosidad de los vecinos del pasaje, no encontraron a nadie que responda estas preguntas infinitas.
A diez minutos del poniente cabalgaron un remolino de viento y de hojas secas, y más tarde vagaron por la noche.