3.8.09

Hubo una idea que se desvaneció casi en el acto. Como si la tierra hubiese sacado una lengua y desde sus entrañas voraces se la hubiese tragado. No quedó rastro de ella. Había surgido a la medianoche mientras uno o dos gatos maullaban en el apareo previo a la primavera. Los inusitados maullidos, como el llanto de un bebé, lograron distraer la atención del pobre pensante que miraba desconcertado por la ventana, como queriendo recuperar aquello que fatalmente no volvería.